¿Realmente sabes a qué estás diciendo que sí?
En el contexto actual dominado por la transformación digital, el consentimiento ha adquirido un papel central en la protección de datos personales. El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) establece que el consentimiento debe ser libre, específico, informado e inequívoco. Sin embargo, con la evolución de las tecnologías, en especial de la inteligencia artificial (IA), la forma en que las personas dan su consentimiento ha cambiado drásticamente.
La mayoría de los usuarios ha aceptado términos y condiciones sin leerlos, probablemente más de una vez. En muchos casos, estas políticas son largas, difíciles de entender y redactadas con lenguaje técnico. Pero con la IA, el problema se agrava: muchas veces los datos se procesan para finalidades futuras no declaradas en el momento del consentimiento, como entrenamiento de algoritmos, elaboración de perfiles o análisis predictivo.
Uno de los grandes desafíos actuales es que el consentimiento, tal y como lo concebimos, ya no se ajusta bien al contexto de la inteligencia artificial. Por ejemplo, una aplicación de salud puede recoger datos biométricos para prestar un servicio, pero esos mismos datos pueden usarse luego para alimentar un modelo de predicción de enfermedades. ¿Informó la empresa de ese uso? ¿Consentiste conscientemente a ello?
Las prácticas de obtención del consentimiento también están en entredicho. Muchas plataformas recurren a los llamados ‘patrones oscuros’, que son técnicas de diseño que manipulan al usuario para que acepte más fácilmente el tratamiento de datos: botones de ‘aceptar’ más visibles que los de ‘rechazar’, rutas de configuración confusas, o la obligación de aceptar condiciones para acceder a contenidos.
Además, el RGPD contempla el derecho a retirar el consentimiento en cualquier momento, algo que no siempre es fácil. En muchos sitios web o aplicaciones móviles no existe una opción clara para revocar el permiso otorgado, o bien el proceso es tan complejo que disuade al usuario de completarlo.
La solución no es abandonar el consentimiento, sino modernizarlo. Algunas propuestas incluyen el uso de textos legales visuales e interactivos, el consentimiento dinámico que se renueva conforme cambian las finalidades, y paneles de gestión donde el usuario pueda controlar fácilmente qué datos se usan, por quién y para qué. También se aboga por una mayor educación digital, para que las personas comprendan mejor qué implica compartir sus datos en entornos digitales controlados por IA.
En entornos especialmente sensibles como el laboral, educativo o sanitario, el consentimiento puede no ser suficiente. En estos casos, se requieren garantías adicionales, como la revisión humana obligatoria, límites técnicos al tratamiento y una evaluación ética previa del impacto de la IA en los derechos de las personas.
En definitiva, la aparición de la IA ha puesto en evidencia las debilidades del consentimiento tal como lo conocíamos. Para proteger verdaderamente los derechos de los ciudadanos en la era digital, necesitamos un consentimiento más transparente, gestionable, accesible y adaptado a los nuevos modelos de tratamiento de datos. Solo así podremos garantizar que los usuarios sigan teniendo el control sobre su información personal en un mundo cada vez más automatizado.